Los años pasan y las temporadas vuelven, en la primavera cada año se instala en el estacionamiento del centro comercial o bien un circo o un parque de atracciones.
Ella pasa cada día, ya que es el camino de su trabajo, camino de sus compras, pasa por delante del estacionamiento y del centro comercial, pero no se para para mirar que es lo que hay, tiene ganas de montarse al carrusel de los caballitos, se pregunta si la dejarían subir, no lo pregunta, es demasiado tímida y tiene vergüenza de hacer el ridículo.
Así seguirán pasando los año mirando desde lejos, sin hacer ningún comentario a su esposo, pues él no tiene miedo al ridículo y conociéndolo bien se iba a informase y le iba a insistir tanto que al final iba a lograr llevársela allí y hacerla subir a los caballitos, no quiere ni pensarlo, mejor continuar recordando la última vez que se subió y quedarse con los recuerdos de antaño, que tantas veces había disfrutado subiendo y bajando al ventecillo de la tarde y al son de la melodía.
Ya de ésto 50 años que subió, fue cuando su hermana mayor contrajo matrimonio y sus tíos se la llevaron al chalet de verano de San Carlos de la Rapita. Era en las fiestas mayores del pueblo, sus tíos prepararon una salida por la tarde con sus hijas y antes de ir a la terraza del baile de la noche, oír la música, ver quienes bailaban y dar algunos paso en la pista, se fueron a dar una vuelta por el parque de atracciones, a tomarse un helado y participar en alguna atracción. Con sus primas subió a los caballos, ha sido lo único que le ha gustado subirse en su vida, no le gustan las sensaciones fuertes, es miedosa.
Cuando fue a los Ángeles, visitaron Walt Disney, ella y su marido seleccionaron las atracciones clásicas, del estilo Peter Pan pensando que no tendríamos ninguna sensación fuerte que todo iría bien, pues aun con ello ella se pasó casi todo el tiempo con los ojos cerrados para poderlas soportar, cuando se bajaron de ellas, ya que se empalmaban una tras la otra, su marido muy sorprendido le preguntó, pues las has bien soportado con mucha tranquilidad, no te he oído gritar, ya que yo en ciertas de ellas me lo he pasado bastante mal, pues ella añadió: me las he pasado casi todas ellas con los ojos cerrados.
Pegasos, lindos pegasos,
caballitos de madera.
Yo conocí siendo niño,
la alegría de dar vueltas
sobre un corcel colorado,
en una noche de fiesta.
caballitos de madera.
Yo conocí siendo niño,
la alegría de dar vueltas
sobre un corcel colorado,
en una noche de fiesta.


Todos tenemos algún tipo de miedo o de fobia. En este caso ella la tenía a las atracciones de feria, curiosamente las más deseadas por los pequeños.
ResponderEliminarUn abrazo
Es cierto Verdial, mi madre era muy miedosa y creo que esto influencio mucho en mi vida.
ResponderEliminarUn abrazo
Mari-Pi-R, gracias por tus visitas a mi blog Sabor Añejo.
ResponderEliminarSabes, yo tambien soy muy miedosa con respecto a mis hijos, y puede que con mi comportamiento también les haya creado, sin saberlo, alguna fobia.
Un abrazo
Pues algo heredamos siempre de nuestros padres, pero a lo mejor no. Seguro que tus hijos no tienen miedo a nada.
ResponderEliminarCuando tenga mas tiempo libre, voy a leerme todo tu blog desde un principio, pues hay mucho que aprender en el.
Abrazos Sabor Añejo
Con tu relato me has recordado a alguien a quien conozco, pero que finalmente ha tomado una actitud distinta a la de la señora de tu relato.
ResponderEliminarEn los veranos, en el pueblo de Cádiz en donde pasaba los meses en que no había colegio, en septiembre coincidia con las fiestas del pueblo. En la feria también había caballitos de madera, pero a ella lo que le gustaba más eran los columpios, de aquellos con forma de barca de madera, en los que se momtaba con una amiga e intentaba subir más slto que la barca de al lado.
Pasó el tiempo, se acabó el pueblo de Cádiz, desaparecieron los columpios con forma de barca de madera y ella se fue a la ciudad, donde era más difícil vivir las ferias, pero todo lo infantil, los juegos, los columpìos, el hacer el tonto le encantaba y lo echaba de menos, ya no era una niña y esas cosas no las hacen las personas mayores si no quieren caer en el ridículo.
Un buen día pensó que era tonto renunciar a la parte infantil que llevaba dentro y que no había podido desarrollar cuando era niña, y decidió acabar con la situación. Se dio cuenta que para ello era totalmente prioritario perder la vergüenza. Se puso a la tarea y la perdió y la verdad es que no le costó demasiado y se divirtió mucho, a veces descolocaba a la gente que no esperaba sus reacciones, pero ella decía y hacía lo que le apetecía, sin preocuparse en lo que pudieran pensar los demás.
Como le gustan mucho los niños, sean hijos, nietos de amigas o cualquier otro niño que cuya madre esté dispuesta a compartir a su prole con los demás, cuando coincide con ellos en un paseo, en la calle, en una tienda o en el parque no le importa hacer el tonto, y según dónde se encuentren, juega en los columpios, se esconde, devuelve con una patada la pelota que le llega, canta una canción o realiza cualquier otra actividad que pueda compartir con ellos y que a ella le lleve a la infancia que no tuvo.
Ahora ella está mayor, ha engordado, está torpe, pero es feliz y vive en un pueblo de la costa catalana que, aunque no tiene dunas como las de Cádiz de su niñez, tiene los surcos que hacen en la arena el agua de las rieras. Con frecuencia la visitan amigos que viven en la ciudad. El otro día fue a visitarla una amiga que tiene una nena de 5 años, fueron a la playa y como la nena se mostraba demasiado formalita, ella le propueso jugar a las dunas. La madre dijo que allí no había dunas y ante la sorpresa y los gritos de la amiga, ella cogió de la mano a la nena y bajaron vertiginosamente por la duna imaginaria de la riera, dando tropezones, riendo e intentando no caer en la bajada.
Ella es feliz así y está decidida a seguir haciendo todo aquello que le gusta, sea o no adecuado a su edad, condiciones físicas o a cualquier otro impedimento imaginario.