Este era el escritorio de
mi padre, en la parte izquierda se encuentran cuatro cajones falsos,
que tan solo al abrir el primero hacías deslizar la maquina de
escribir.
Mi padre tenía su
despacho en el bajo de la casa junto a su taller de trabajo. Yo que
siempre he sido autodidacta en muchas cosas me inscribí en un curso
por correspondencia de mecanografía y así aprendí a utilizar
correctamente la maquina de escribir. Este curso en cierta manera me
abrió una pequeña puerta para dar un nuevo cambio en mi vida
profesional y naturalmente me ha servido el resto de mi vida.
En aquel tiempo trabajaba
en la farmacia como vendedora de productos farmacéuticos, pocas
exigencias habían en aquellos tiempos, si sabias leer las recetas de
los médicos y te habías aprendido el emplazamiento de cada
medicamento poco más había que saber ya que no habían consultas ni
consejos que dar a los pacientes y si alguna medicina había que
preparar el farmacéutico la preparaba, aunque tampoco habían muchas
en aquellos tiempo, más bien algún ungüento que lo recetaba un
curandero al que acudían mucha gente del pueblo.
En el pueblo había una
rivalidad entre los dos farmacéuticos uno estaba situado en la calle
Mayor y el otro en la Avenida de la Rapita, él de la calle Mayor se
daba sus paseos matinales por la Avenida de la Rapita, con la escusa
de pasar por delante de su
competidor, más o menos a la misma hora, el farmacéutico
retenía en aquel tiempo la clientela haciéndola esperar más de lo
normal para que al pasar el farmacéutico viese que tenia la tienda
completamente llena de gente y ponerlo celoso de su abundante
clientela.
Al farmacéutico le dio
una temporada por hacer escritos del pueblo, hacer alguna obra de
caridad con lo cual me utilizaba para sus escritos, cosa que no me
importaba mucho, ya que me daba unas horas durante el día para
transcribirle sus escritos a máquina. Así que me iba a mi casa y me
ponía a escribir sus escritos, ésto me hacia practica y al mismo
tiempo me sentía útil y ocupada en otras tareas distintas.
Sus obras de caridad
consistían en repartir unos sacos de arroz entre la gente pobre que
querían ir a buscarlo haciendo cola en la farmacia, naturalmente yo
me veía implicada en ello haciendo el reparto era una forma
publicitaria y poner nervioso al otro competidor ya que eso le hacia
augmentar su clientela con la gente más desfavorable. A
consecuencia de ello escribía artículos de sus obras en el
periódico local.
Todo eran trucos
publicitarios que en parte favorecían a la gente necesitada, ya que
cuando se empaquetaba las medicinas iban junto con un puñado de
caramelos.
En el curso por
correspondencia de mecanografía recuerdo que decían: que ni la
novia, ni la estilográfica ni la máquina de escribir no se prestan
a nadie. Los tiempos han cambiado y ahora con el móvil casi lo
hacemos todo y cada uno tiene el suyo.


Sí se sabía mecanografía y lo sabían los demás, implicaba hacerles muchos favores.
ResponderEliminarBesos.
Qué tiempos aquellos! parece mentira! cuánto ha progresado tecnológicamente la humanidad. Eso sí la pobreza, en algunos sectores continúan.
ResponderEliminarBesos Mari
¡Claro que si, Mari-Pi!
ResponderEliminarCambiaron tanto las cosas, que hasta me parece que tenemos demasiadas cosas que ni siquiera necesitamos, aunque yo no soy de tirar la casa por la ventana, pero que con menos viviría bien igualmente.
Eso sin hablar de lo que tienen hoy los más pequeños…
Está así la vida puesta y bueno, mejor que no haya que volver atrás.
Ha sido un placer, te dejo mi gratitud y estima.
Un beso y ten una feliz semana.
Sabes algo?. En aquellos tiempos, teníamos poco y nos conformábamos. Ahora tenemos todo y queremos más. Aunque a lo mejor entonces creímos tenerlo todo...
ResponderEliminarGratos recuerdo los que traes. ç
Besote
Mi padre tenía también una máquina de escribir que se trajo de su fábrica, la que heredó de tradición familiar y que luego se cerró por avatares económicos que no vienen al caso. Desde pequeña él intentó enseñarme a teclear en aquel aparato en el que yo, con mis deditos infantiles, me perdía. Mi dedos acababan metidos entre las teclas, atrapados. ¡Qué recuerdos!
ResponderEliminarUn beso
Ah, tiempos aquellos... yo conservo mi vieja máquina de escribir que, al igual que a ti, me abría puertas allá en el pueblo.
ResponderEliminarMuy bonita la historia de la competencia entre farmaceutas.
Un abrazo.
¡¡Que maravilla por Dios ¡¡¡
ResponderEliminar¡Precioso! :-)
ResponderEliminarSaludos desde Londres.
Si amiga, los tiempos han cambiado (nosotros con ellos). Pero las bonitas historias, como esta, siguen siendo lindas
ResponderEliminarGracias
Isaac
Ahora resulta de lo más curioso echar la vista atrás... Me gustó leerte!
ResponderEliminarUn abrazo
Y tanto que han cambiado los tiempos, pero las rivalidades y los trucos de marketing están a la hora del día. Nunca aprendí a escribir a máquina, pero qué duda cabe de que en aquellos tiempos aprender cualquier cosa te hacía destacar sobre los demás y te facilitaba la vida. Hoy es todo más fácil y más complicado a la vez.
ResponderEliminar¡Hola, M. Pilar!
ResponderEliminarPaso de nuevo para dejarte un abrazo y desearte mañana, un montón de felicilidades, que sea un día precoso y que lo disfrutes mucho, mucho en la mejor compañía. Y
Bueno, no sólo mañana, sino todos los días de tu vida.
Besos que llegan en un suspiro.
Preciosooo...
ResponderEliminarPaz, mi dulce amiga
ResponderEliminarIsaac
Siempre cariño, amiga
ResponderEliminarIsaac
Como me gustan ñas cosas de antes querida amiga la historia de tu juventud muy bonita y agradable de leer mil besicos
ResponderEliminarLuz y Paz amiga
ResponderEliminarIsaac
Qué entrañables recuerdos. Gracias por compartir, me encantó la historia de los dos farmacéuticos, marketing de antaño.Es muy grato pasar por tus blogs. Un cariñoso abrazo y felices fiestas.
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